junio 02, 2009

Nueve (media)lunas

La de la sopa, la del astronauta, la hiperproteica, la de la luna, la shock, la del te verde, la Scardale, la Atkins, la de Alco, la low carb, la taoista, la antihambre, la de los puntos, la slow food, la detox, la disociada, la South Beach. Hice todas.
Probé con cremas, con el reduce fat fast del gurú Jorge Hané, me inyecté “lipoliticos”, me hice masajes, drenaje linfático, meso y masoterapia. Me metí en la cápsula de ozono, me puse la bota, tomé pastillas, batidos proteicos, quemadores de grasa y hasta compré una faja...probé de todo.
Soy el ejemplo viviente del efecto Yo-Yo, el mayor desafío de un personal trainer, el casting perfecto para la escena en la playa de una película de Enrique Carreras del setenta y pico en Mar del Plata.
A pesar de todo mi esfuerzo lo único que no puedo erradicar es la maldita adiposidad localizada en el abdomen. Tengo un depósito de lípidos que data del paleolítico, un ejército de okupas que se niega a abandonar las paredes abdominales de mi propiedad. Están cómodamente instalados, se aferran a mi estómago y por más que llore, patalee y me someta al más cruel de los ayunos no consigo efectivizar el desalojo.
Pasé años culpando a mi madre por la mala genética, por las vitaminas que me dio a los 6 años para hacerme ganar peso y por haberme sometido dos años más tarde a la primera del centenar de dietas para adelgazar que hice a lo largo de mi vida, pero ni todo el enojo del mundo ni años de terapia combatiéndolo van a cambiar mi realidad de gordita recuperada.
Mi infancia casi no tuvo kioskos: redescubrí las golosinas a los 30 años. Hoy por hoy mi gran adicción es La Vauquita. Aún pudiendo elegir y variar, cada “permitido” semanal yo lo traduzco en una mínima tableta de dulce de leche celestial. Todavía me resisto a la tentación de ese nuevo envase tamaño XL que llegó –como en su momento lo hicieron el Ricardito desde Uruguay y el Toblerone desde...el freeshop?- para arruinarme la vida y evidenciar mi infelicidad.
Entiendo que, además de ser un peligro, ya estoy grande para jugar a la anorexia, asique tomo los dos litros de agua reglamentarios por día, no como fritos, llevo una dieta balanceada, rica en fibras, frutas y verduras, y hago ejercicio. Tengo el manual, vamos!
Haciéndome cargo de mi situación, y sin caer en obsesiones adolescentes accedí a la invitación de una amiga y la acompañé a una clase de prueba de Pilates sabiendo que esa disciplina no iba a funcionar conmigo ni con mi ansiedad. Yo necesito pegarle a algo, correr hasta no sentir las piernas, o hasta que me falte el aire. Necesito evidencias. Signos de que estoy efectivamente haciendo algo para deshacerme de lo que sobra. El sudor como prueba irrefutable. Cuando tuve la certeza de que iba a odiar cada minuto de esa clase, ya estaba sentada sobre el reformer (una cama!) ¿Cómo voy a hacer desaparecer el cementerio adiposo si estoy acostada y apenas me muevo? ¿Cómo? Si abrir una puerta corrediza exige más esfuerzo! De qué “centro” me habla? Qué hilo de luz? Qué quiere decir con vascular la cadera? Qué son las crestas ilíacas? Me vuelvo loca. Esto es un té canasta de señoras bien no permitiéndose sudar, escuchando Enya en stereo, respirando fuerte. A ver si lo entienden: a Jennifer Aniston le funciona porque además de Pilates corre 10km diarios, tiene masajista, personal trainer a disposición, nutricionista 24hs, y bandejitas con su vianda personalizada de 150 calorías!
Ya en el vestuario una de mis ocasionales compañeras de clase mirándome pregunta con tono de afirmación: “Ay, estás embarazada!”
Haciendo fuerza con los ojos para que no se me salieran las lágrimas le dije que no, me puse rápido la remera y huí humillada. Recién cuando llegué a casa se me ocurrieron alternativas de respuestas que podría haberle dado para incomodarla y –con suerte- hacerla sentir como el orto:
-No, no puedo tener hijos.
-Sí, pero no lo cuento... ya perdí 3 embarazos.
-Sí, de tu marido pedazo de mamarracho arrugado!
Por ella, ahora voy a tener una noche horrible llena de pesadillas en las que seré perseguida por un mega alfajor triple, una manada de Vauquitas de dulce de leche, y un kioskero sádico riéndose de mi a carcajadas, como el Narcizo Ibañez Menta de “los permitidos”.


***Este texto fue publicado en la edición de Abril de la Revista El Planeta Urbano***


mayo 16, 2009

Vasos Vacíos

En contra de mis propios principios, me impuse salir sin importar el clima, la compañía, ni las distancias.Tenía que conseguir al menos una aliada para no bajarme yo misma de mi plan, para no hacerme trampa y obligarme a salir. Arranqué haciendo una especie de casting de archivo algo desactualizado ya que la mayoría estaba casada, en concubinato o ‘redenovia’. Después de varias idas y vueltas pude reclutar a un par. La estrategia primordial consistió en citar a mis secuaces en un terreno neutral, no fuera cosa que en una casa –ya sea de local o de visitante- termináramos como nerds viendo documentales, debatiendo si Cachafaz es mejor que Havanna, entrándole a una picada y al Gin Tonic al abrigo de una manta de telar boliviano. Nada de ir a cenar y después arrancar porque se sabe cómo termina: el vino tinto pega para atrás, por unanimidad se suspende la salida, y taza taza: la visita tiene sueño. Un plan simple: Ronda de bares para hacer lo mismo que haríamos encerradas pero sin pijama, rodeadas de gente, viendo rostros reales en lugar de personajes de Warner Channel. Si bien el espíritu de la salida nunca fue “de levante”, conociendo el terreno nos propusimos no ser la minitamalaonda que espanta a base de cara de orto, sino que procuraríamos dar al menos una oportunidad de diálogo. Ser parte de una mesa femenina no es fácil: hay que lidiar con más de un viejo gatero, con uno que otro tortón que apostó que te convertía y con mucho, pero mucho pelotudo. ¿Cuándo van a entender que decir bebé es lomenos y que además no hay evidencia de que semejante nickname haya derivado en sexo al menos una vez en las últimas cuatro décadas? Como dato curioso: mujer, muñeca, reina y bonita tampoco califican. Hay algo más molesto aún que nisiquiera se apoya en apodos vulgares y consiste en acercarse más de lo socialmente aceptable y mirar, solamente mirar. La situación es esta: te acodás en la barra con tus amigas y, sólo por ser mina tratás de levantarte al barman, que aunque no te guste mucho es lo único que te llevarías del bar -además del vaso que metiste en la cartera-. Empezás a sentir una presencia extraña, una respiración ajena y desconocida. Girás y apenas a 15cm de tu naríz tenés un tarado con gorro tipo piluso imitación Burberry –en adelante ‘el observador’- mirándote fijo, como un stalker que no le importa ser descubierto por su víctima.
And here it goes again...
El observadorr: “Diosa” Vos:“No flaco, llegaste 15 años tarde a los 90. Volá.”
Entonces te tilda de histérica y empieza a los gritos:
El observador:“Pero quién te pensás que sos gorda pedorra? Tocá de acá, forra!”
Todo bien que salgan de levante, pero vamos: tienen que perfeccionarse...no hay workshops entre el fulbito con los pibes y la porno soft empezada en The Film Zone? No se: “Cómo encarar minitas sin ser un rugbier boló”
No es tan difícil, las mujeres somos de manual...el problema es que hay mucho vago que no se toma el trabajo de leerlo y sigue esperando que salga la película, el audiolibro. Es cantado que van a caer en errores de concepto: -Aposté diez pesos con mi amigo a que tocabas un instrumento”. -La quena pelotudo, ganaste. Ahora...diez pesos? Ratón! ¿Porqué por culpa de estos retrasados mentales tengo que convertirme en un camionero? Si solo se dieran cuenta que levantarse a una mina es tan simple como que la mina no se de cuenta que se la están tratando de levantar! En cambio nos obligan a poner un “mute” mental durante lo que sea que dura el monólogo o a mandarlos a la mierda convirtiéndonos así en seres ordinarios y, según su punto de vista mediocre: urgidas de sexo.
Como era de esperar terminamos a las 4 de la mañana en un bar aburrido tomando café como tres gordas chantilly de confitería, debatiendo si la medialuna de grasa supera a la de manteca, si membrillo mata pastelera, confundiendo a Barbra Streisand con Bette Midler [son la misma persona?] y confesándonos todo lo que le hubiéramos hecho al barman si se hubiese dignado a mirarnos.
Pero si el objetivo era no perder el training, lo logramos. Seguimos la rutina al pie de la letra: empinando el codo trabajamos todo lo que es el tren superior fortaleciendo tanto la zona de hombros, como bíceps, tríceps y dorsales. Se sugiere para un futuro llevar cronómetro y alternar brazos debido a la gran cantidad de casos de atrofia muscular en solo uno de los miembros. Finalizada la actividad se recomienda estiramiento en barra.



***Este texto fue publicado en la edición de Mayo de la Revista El Planeta Urbano***

marzo 22, 2009

Blanca y Radiante

Después de un par de meses y varias salidas con el Doctor Murguiondo sucedió lo inesperado. Una noche sacando las entradas para ver una película, al encontrarse con un “colega” me presentó así:
-Marina, mi novia.
A mí se me congeló la sangre. Me imaginé a mi misma en el tercer piso de una torta blanca, parada en medio de ese espanto de la repostería, clavada, empantanada, embarrada en crema, sin poder huir.
Me bajó la presión, tuve ganas de salir corriendo para desaparecer y paradójicamente también sentí el impulso de saltarle encima a Murguiondo, y abrazarlo. Opté por hacerme la boluda.
Ser novios post 30 me suena tan extraño como cuando era chica y un tío bigotudo caía al almuerzo familiar de los Domingos con una rubia lookeada a lo Madonna en el Like a Virgin Tour: la mejor permanente del barrio, tres docenas de pulseras en cada brazo y fecha de vencimiento a la vista. El la presentaba: “mi novia” y con mis primos nos reíamos, los mirábamos raro. Me resulta difícil ligar la palabra noviazgo con “gente grande”. A Murguiondo no:
- Marina, mi novia.
El tampoco tiene look de novio. Cómo presentarlo en un futuro sin soltar una carcajada? Sin que se me llenen los ojos de lágrimas de tanta risa contenida. Un novio de cuarenta y pico con ambo verde, dónde se vio?!
Cuando pienso en novios se me viene a la mente una asociación de imágenes de lo más cursi protagonizada por gente de 20 con luz de atardecer y palmeras de fondo. Gente sin panza, que todavía estudia, que va a bailar los fines de semana, y vive en un monoambiente. Gente que regala peluches y lleva al extremo el dirty talking por msn.
Nosotros vamos al banco, pagamos impuestos, leemos el diario, y tenemos por lo menos 3 velorios encima. Nos dicen señor/señora, tomamos buen vino y cuando vamos a recitales nos ubicamos atrás de todo y salimos con dolor de cintura. La palabra novios nos queda como un chupín fucsia a Santo Biasati.
-Marina, mi novia.
A las chicas nos enseñaron que si un chico quería ‘algo serio’ preguntaba: Querés ser mi novia? Y así, dejaba en claro la naturaleza y el futuro de la relación. Pero en la vida real nunca nadie nos hizo esa pregunta. Y ya desde teenagers debimos adivinar en qué tipo de relación estábamos involucradas y sufrir porque no volvió a llamar siendo que ya teníamos elegidos los nombres para nuestros hijos.
Murguiondo no hizo la pregunta, no propuso. Murguiondo decidió:
-Marina mi novia.
Quién decide realmente acerca del rumbo que va a tomar una relación?
En mi caso siempre esperé pasivamente a que me dieran el ok, una especie de permiso, de habilitación para no quedar pagando.
Dónde estaba metida la feminista combativa que grita pidiendo justicia e igualdad haciéndome pasar papelones?
Nadie sabe, pero esta vez se dejó ganar sin oponer resistencia , lo dejó decidir a él antes que a mí ...sangre de su sangre! Murguiondo la venció:
-Marina, mi novia
Al decidirlo me habilitó a referirme a él como “mi novio”? Me dio la tarjeta, el pase libre, ‘la pulserita’. Ahora tengo una obligación, un quehacer. Ahora tengo que presentarlo:
-Murguiondo, mi novio.
Así es: después de unas regias vacaciones, estoy de novia.
Y ahora ellos lo saben, lo sienten, lo huelen. Alguien se los dice, el rumor les llega, está en el aire. Me pongo de novia y me llueven los candidatos caen como el granizo del 2006. Qué hicieron estos últimos cuatro años?
Murguiondo me entrega el título de novia, me pone la corona, la banda de terciopelo rojo con letras doradas, me enchufa el ramo de rosas y antes de que se me empiece a correr el rimmel el psicólogo me dice que ya no puedo ser su paciente porque se enamoró de mí, el gerente del banco me libera de la cola eterna y me invita a “almorzar un día de estos”, un chongazo en bicicleta sale de atrás de un arbol en Palermo y me advierte que tengo los cordones a medio desatar y al stalker style, me dice que él me ve siempre corriendo y que recién hoy se animó a hablarme, que talvez podemos “correr juntos un día de estos”. Ahora me gritan barbaridades por la calle, los mozos vienen a mi mesa con tragos “invitación del caballero” y hasta me tocan bocina.
Yo a todos les digo la más boluda de las frases boludas. Una frase que tenía guardada hace años en el ajuar de la boludez femenina, una frase que me da tanta vergüenza como falso-orgullo, una frase que atrasa, y que como tenía tanto polvo encima, fue difícil pronunciar: Gracias, pero tengo novio.

***Este texto fue publicado en la edición de Marzo de la Revista El Planeta Urbano***

marzo 16, 2009

Convocatoria

Lo que más quiero en este año 2009 es hacer una colecta de Crocs [esos suecos inmundos de plástico cuyo uso debería estar penalizado] hasta que no quede ni un sólo par [do] en el PlanetaMundo. Esta especie de Caritas del buen gusto, derivaría en una fogata comparable a la de San Pedro y San Pablo, pero que -afortunadamente- por el material del calzado agarraría más rápido. Si la idea 'prende' sigo con los breteles de silicona transparente y las riñoneras.

marzo 12, 2009

Una de mariachis

Hasta hace un tiempo creía que ‘sonomásdepapa’ era una especie de vocablo en lunfardo muy popular en México.

marzo 11, 2009

Dos veces looser

Hace unos años escribí el siguiente mail a una amiga que vive lejos, pero por error se lo envié a un amigo de un exnovio:

ESTOY LIMADA. TRABAJO 25 HS POR DIA NO DOY MAS. MENOS MAL QUE VOY AL GIMNASIO Y ESO AYUDA A CALMARME, SI NO YA ME HUBIERAN ECHADO A LA MIERDA DE LO HISTERICA Y CONTESTADORA/PREPOTENTE QUE ESTOY. NECESITO VACACIONES … Y UNA BUENA PIIIIIIIIIIIIIIII… ODIO A LA GENTE. LA GENTE ES CHOTA. Y YO: TRABAJO CON GENTE TODO EL TIEMPO! ME LAMENTO DE NO HABER SEGUIDO GENETICA QUE ERA MI PLAN ORIGINAL. AHI ESTARIA YO, RODEADA DE TUBITOS, CROMOSOMAS Y REVOLCANDOME CON ALGUN TECNICO DEL LABORATORIO.
BUENO, ME VOY AL GIMNASIO A LEVANTAR EL ORTO Y QUEMAR LA FATSO GRASA LOCALIZADA QUE ME DEJó ESE PUTO VIAJE A DISNEY A LOS 15.
AH, SIGO RE CALIENTE CON ESE PROFESOR DE SPINNING QUE TE CONTE: EL COLOMBIANO –O TUCUMANO- MUSCULOSO QUE SE DEPILA –HASTA DONDE YO SE- LAS PIERNAS. ES UN ESPANTO. A MEDIDA QUE PEDALEO VOY FANTASEANDO CON QUE ME INVITA A SALIR Y ENSAYO UN GESTO QUE TENGA EL PODER DE CARETEAR/ NEUTRALIZAR MI PREVISIBLE REACCION AL VERLO LLEGAR EN BICI CON DOS CASCOS. HA DE SER TRAUMATICO VERLO DE 'CIVIL Y ESO QUE NO DEBE HABER NADA MAS ESPELUZNANTE QUE VER UN PETISO DEFORME CON CALZAS FLUO CHIVANDO...ALGO A LO QUE, CLARO, YA ME ACOSTUMBRE.
QUE VIDA DEPRIMENTE!
TE LLAMO EN LA SEMANA.

marzo 07, 2009

Pregunto:

Jack Johnson se habrá cansado de ponerla?

febrero 15, 2009

Rock in Rio

Lo primero que hago cuando llego a Rio de Janeiro, no es ni cambiar dólares ni pedir un mapa sino ir desesperadamente al freeshop a comprar TicTac de Maracujá. Cuarenta y siete.
Saliendo del freeshop le pregunto a un policía “Eis aquiii a praaada deu Rial du Ipaneeeema?” Lo hago en mi excelsio portugués que consiste en hablarle al interlocutor como si éste tuviera 5 años y alguna insuficiencia mental, en un volumen más elevado que el normal en afectado castellano, alargando las vocales y haciendo con las manos todo tipo de gestos inútiles. El hombre asiente y en muestra de mi agradecimiento le digo: “obLigaaaaadO” (?!)
Irme de vacaciones es un placer y viajar sola es un lujo que compenso con estadías en hostels baratos.
En la habitación me reciben 3 centroamericanas que mi nacionalidad. Trato de descifrar el acento, pero todas suenan como Catherine Fulop asique me animo a preguntar. Nunca lo hubiera sacado: peruanas.
A los 20 minutos estabamos cenando, tomando caipirinha y jurando que esa noche no salíamos. Una hora después brindábamos en un pub inglés y luego en otro probablemente también Inglés (como si a las 5am, alguien con 4 gramos de alcohol por litro de sangre pudiera dar fe de la veracidad de este dato). Huimos antes de que nos echaran del nuevo antro. Eran casi las 7 de la mañana, el fin de mi primer día en Rio y el comienzo del fin de mi hígado.
Los días básicamente fueron noches. Las peruanas y yo nos duchábamos en el hostel, dormíamos en la playa, y brillábamos en los bares.
Bueno...ellas brillaban. Eran una mezcla de la cara de J.Lo con la de patoruzito en el cuerpo de Jessica Rabit con 5 kilos de más. Yo lo más parecido a Courtney Love que se vio en Brasil.
Después de la tercer noche decidí cambiar mi actitud. La tercer noche comenzó a ser una desgracia cuando al minuto 4 de haber llegado al boliche dos de las peruanas ya estaban enroscadas con unos lugareños.
Después de dos whiskys, varios intentos fallidos de mover el cuerpo al ritmo de esa música absurdamente alegre traté de quedar sorda pegando la cara al parlante, y de electrocutarme con el secador de manos del baño, pero fracasé. La peruana restante se acerca con una promesa: “Marina, no te voy a dejar a ti sola como ellas hicieron con nosotras”
Brindamos por eso, y cuando el eco de los cristales ya no se oyó, entró en cuadro un Australiano y la dejó amnésica.
Rodeada de parejas multiraciales, le hago una seña al bartender para que me sirva el tercer escocés...doble esta vez.
Miro para todos lados y me tiro en un sillón con la suficiente cara de looser como para que se me acercara el mozo a darme una fraternal palmadita en la espalda. Encaro hacia la puerta de salida.
Las peruanas se deseperan y me llaman a los gritos hasta converncerme de ir a no se donde. “No se donde” era el departamento de uno de sus galanes, y mientras las peruanas se la pasaban de fiesta internacional, la argentina -infiltrada en el grupo autoproclamado “las más lindas del mundo” – terminó tirada en el sillón de oferta comprado en un outlet de Falabella, frente a un mega-plasma, mirando perdida el dvd de un concierto de la versión carioca de Bob Marley, que el dueño de casa gentilmente había puesto imitando el comportamiento del adulto promedio que ante la imposibilidad de manejar a una criatura, sintoniza Cartoon Network para hipnotizarla con dibujos animados.
Horas después, cuando la insoportable música del menú de inicio del dvd se había convertido en mi peor pesadilla, abrí los ojos, entendí dónde estaba y me juré nunca más terminar en tan humillante situación. Al lograr despegar mi piel transpirada del cuero, me fui caminando, como una prostituta mal paga, por las calles de Leblon con el rimmel corrido, las sandalias en la mano, y la vergüenza en el alma.
Esa tarde, mientras las peruanas dormían sobre sus pareos y entre sueños se babeaban de placer, me prometí hacer vida de playa diurna a partir de ese instante. No pude zafar del cumpleaños de una de mis roomates esa noche, pero me quise convencer: “una caipirinha y desaparezco”.
La caipirinha se multiplicó por cinco, y creo que antes que yo desaparecieron las peruanas. Yo acodé y ahí quedé atornillada. A mi lado, un rubio con la mirada clavada en tres shots, un salero y algunas rodajas de limón. Apoyo el vaso sobre la barra y hago ruido suficiente como para dejarle claro al bartender que había terminado mi trago y necesitaba un refill. El rubio me mira sobresaltado y, desganado me invita un tequila en perfecto inglés. Nunca me gustó el tequila, pero como esa noche el rubio se parecía a Sting acepté e y me convertí en la versión barata de Amy Winehouse.
Después del cuarto shot, con un gajo de limón en la boca imitando a John Locke en la primer temporada de Lost, agarro a Sting de la mano y lo llevo a la pista. Al descubrir que un playmobil tiene más movilidad que mi partenaire, bajo la vista, y justo antes de que las baldosas del damero empiecen a colaborar con mi mareo, aparecen un par de botas tejanas. Horrorizada, busco un crucifijo, un racimo de ajos, un matafuegos, un revólver, algo! Esa imagen me lastima las corneas y barajo la posibilidad de salir corriendo. Enceguecida, entrecerrando los ojos levanto la cabeza, tiro de la manga de su camisa y lo arrastro –sin mirar al piso- hacia la puerta.
Media cuadra en zig zag y entramos a su hotel con estrellas donde el conserje me pide que complete una tarjeta con mis datos. Intentando hacer foco y que no me temblara el pulso, escribo: María Eva Duarte de Perón.
Al bajar del ascensor se me rompe un taco. Camino torpemente por los pasillos del hotel, tropezando y luchando contra la compostura de mi compañero que insistía en callarme y cuidar el sueño del resto de los huéspedes. Yo no podía parar de reir, como Luisa Albinoni y un grupo de extras en una escena de una película de Aries Cinematográfica con Olmedo y Porcel.
La balanza de la batalla interna que secretamente libraba contra las peruanas estaba inclinándose hacia mi lado.
Luego de un black out total abrí los ojos, y al ver unas botas tejanas tiradas en el piso lo supe: debía desaparecer.
Mi objetivo era llegar a tiempo para tomar el desayuno del hostel, pero el horario ya casi terminaba. Esta vez, con una sonrisa y lejos de la white trash que transitaba la mañana anterior las calles de Leblon, camino apurada las seis cuadras que separan el Hotel de Luxe de mi Hostel Low Budget: dos cuadras con el taco roto y las cuatro restantes descalza.
Con la voz ronca mezcla de Mostaza Merlo y Ze Pequenho encaro a una de las empleadas del comedor: “A café da mañáaa?”
Mirando el reloj, infla los cachetes y niega con la cabeza. Se ve que le doy un poco de lástima y me alcanza una figaza de pan blanco. “Tein Queijoooo???” pregunto amablemente, pero ella vuelve a negar con la cabeza y me saca la figaza de la mano.
En la habitación, las peruanas me reciben con aplausos, silbidos y modismos peruanos: “Chévere Marina, te la has pasado bien rico anoche eh”/ “Estuvo mostro, no?”
Apuro mi exagerado y algo mentiroso relato cuando de repente me ataca la imagen de mi campera colgada sobre el respaldo de una silla en la habitacion de Sting. “La camperaaaa!”. Una de las chicas se ofrece a acompañarme para recuperarla, no fuera cosa que el falso Sting la vendiera en un flea market al volver a Escocia!
Me dirijo al conserje con seguridad: “Bon dia. Anoche stuve aqui con amigo mio, uno huesped, mais no ricordo il numero de la habitaçaun…”
El conserje interrumpe en perfecto castellano: “Cuál es el nombre?”
Yo: (...Sting?) el nombre...el nombre es…bueno, mhh...es rubio, como así de alto...y es…escocés,.
Conserje: Mr. Morgan?
Yo: ESE! Mr. Morgan!
Resultó que Mr. Morgan se había ido. El conserje me ofreció que volviera a la noche que él personalmente le iba a dar el mensaje para que dejara la campera en recepción.
El conserje cumplió con su palabra, y yo si bien no pude recuperar la dignidad ni la vergüenza, adivinen qué llevo puesto?!

diciembre 31, 2008

Welcome to the Jungle

Llegó el verano y a pesar de mi esfuerzo no consigo llevar con dignidad un traje de baño.
Llego al gimnasio amenazando al entrenador con hacerle una denuncia por malapraxis. Le digo que no es para reirse, que es para llorar y que se cuide, porque como no me haga bajar tres años ininterrumpidos de BigMac se va a lamentar.
Estoy furiosa, el ipod se queda sin batería y la sintonía del televisor más cercano está clavada en TyC sports.
Buscando una distracción empiezo a observar a la gente. Me olvido de la cinta, de los 37 minutos que faltan y del traje de baño que no me entra.
Tengo una visión completa del “salón” que hoy es como una gran pasarella , una verdadera Red Carpet...la versión triste del desfile de comparsas del carnaval de Rio de Janeiro.
VESTUARIO DE HOMBRES
Están los que siguen usando soquetes altos [a mitad de camino entre la rodilla y el tobillo]. tienen arriba de 50, son educados, entrecanos, fueron operados de la rodilla al menos una vez y padecen alguna de las siguientes patologías: Tendinitis, Luxación, Fatiga Muscular
El abanico se abre y nos encontramos con los fanáticos del deporte y su indumentaria de maratón. El estado físico del individuo varía proporcionalmente de acuerdo al año estampado en la remera que usa. Quien lleva la de los 10k Nike 2004 se dejó estar y/o la compró en un Outlet. Quien viste la del Circuito YPF Cross 2008 y calzas tipo ciclista es, además de obse, ridículo. Generalmente se depila las piernas y transpira Evian
El falso patova es, en realidad, gordo. En “la musculación” encontró la manera de barrer y esconder la mugre abajo de la alfombra. Viene en tres versiones: pelado, corte militar y con cabello finito, grasoso y largo atado en una colita. Usa musculosas de sisa amplia, bermudas confeccionadas con un jogging viejo y se pasea por “el salón” hablando por celular. Cuando levanta mucho peso emite un sonido extraño: “Aúuuaaajjjj” que termina al estrellar la barra contra el piso.
El deportista wanna be lleva camisetas de fútbol de clubes europeos o , trata de recrear el look Nalbandian adquiriendo chombas blancas en la sección textil de Carrefour. Tiene el último modelo de Ipod y las zapatillas siempre limpias.
El mugriento, cuando no va de ojotas, calza zapatillas Toper de lona blancas con medias azul marino. Usa shorts modelo 1982 o jogging y remera blanca manga corta auroleada.. Lleva tres accesorios: el celular enganchado al elástico del pantalón, la riñonera (deberían prohibir su uso o al menos penalizarlo) y una toalla sobre los hombros. (dicen TUAYA ).
VESTUARIO DE DAMAS
Amas de casa desesperadas.
El grupo que copa la franja horaria que va desde las 2 hasta las 6 de la tarde, usa calzas combinadas, zapatillas “botitas” Reebok (rojas como las que me trajo Tia Norma de Miami en el 91) y remeras largas con diseños de coloridos papagayos o inscripciones: BAHAMAS, CANCUN. Son “fanas” de las clases de Step y Aerosalsa, dicen “estupendo!”, juntan plata para comprar el regalo de cumpleaños de “la profe” y rellenan las botellitas de 500cm3 con agua de la canilla.
SuperM
Busca que “la descubra” Pancho Dotto. Siempre impecable, tiene los mejores outfits y combina los breteles del corpiño con las medias. Hace spinning, no transpira, escucha música (electrónica) del celular, toma únicamente “bebidas para deportistas” y por más que esté en un interior usa cap. ( Para quéee? Están adentro del gimnasio!)
Rebelde Way
Las teenagers usan babuchas de modal y remeras de rock caretas con letras fluo de bandas que nunca escucharon compradas en zona norte. Usan hebillas con forma de estrella o calavera, van siempre de a dos (mínimo) tienen cara de orto a toda hora y se resisten a usar corpiño. Se llaman por sus apodos que nunca tienen más de una sílaba: Bel, Lú, Moi, Fla, Den…
Nip Tuck
El síndrome Lee Von Kennedy: calzas floreadas, abuso de animal print , bolsos gigantes y anteojos de carey con detalles en dorado. Hacen Pilates Mat (la version pobre de Pilates) Al terminar la clase, vuelven a ponerse los lentes y van en grupo a tomar “un cafecito” al bar. (Dicen buffet)
Los socios no lo saben, pero hoy desfilaron para mí. Yo, desde el palco, les tiro tomates imaginarios, los abucheo en silencio y me río como Patán.

***Este texto fue publicado en la edición de Diciembre de la revista El Planeta Urbano***

diciembre 08, 2008

Mujer Soltera Busca

Ultimamente me pregunto quién habrá sido la débil mental que levantó la bandera de la mujer mega independiente, por qué compré su discurso y quién me mandó a trabajar a los 17 años. Esta vez no puedo culpar a mi madre.
Mientras google siga sin arrojar resultados y la responsable no aparezca, seguiré maldiciendo su anonimato tildándola de cobarde. Sospecho que me agarró desprevenida, en un momento complicado, viviendo sin apuro a toda velocidad, terminando el secundario o promediando el CBC. En plena y adolescente inmortalidad, cuando no me importaba nada y los treinta estaban lejos, cuando no necesitaba cremas antiarrugas y podía ‘seguir de largo’ todo un fin de semana.
La autosuficiencia en la mujer está sobrevaluada gracias a un grupo de feministas resentidas que rechazaron la oferta del ex marido de tener un programa de cable propio, y que para cuando se arrepintieron ya les habían cortado las tarjetas de crédito.
Está comprobado que la mujer que no sabe cambiar un neumático gana más que la que sabe. Que la que acepta que le carguen las bolsas del supermercado -aunque no pesen tanto-, gana más que la que se las cuelga del antebrazo, empuja con el omóplato la puerta y la sostiene con el tobillo para que pase una vecina.
Estoy considerando dejar de cargar sola el bidón del sparkling en la oficina , no llevar más la victorinox en la cartera, abandonar el curso de mecánica y empezar a tomar daiquiris de frutilla.
Porque pareciera que después de los 30 dejás de ser la mujer exitosa, independiente, y emprendedora para convertirte en la víctima preferida de sesentones de semáforo tapizados en cuero beige, de un agente de viajes que quiere encajarte a toda costa un crucero o un paquete en el Club Med y de la mirada lastimosa que te arrojan tus ex-compañeros de colegio (maldito Facebook), cuando respondés la primer pregunta del reencuentro:
-Y vos? Te casaste?
Qué les digo? “No, mi libertad ante todo” como si fuera parte del estribillo de una canción del Paz Martínez? Reacciono para el orto? “A mi no me mantiene nadie!”. Enumero –y exagero- logros y actividades sembrando envidia? Soy independiente, vivo en un tres ambientes -pisos de parquet, baño completo, todo luz- tengo mi auto, una laptop y un i-phone touch screen, personal trainer, masajista y un blog. Duermo en diagonal con la tele prendida, los Domingos me despierto a cualquier hora, y si quiero no me saco el jogging en todo el día. Nunca me pierdo un show del Pity Alvarez, a menos que él lo decida. Claro que pido ayuda, no puedo sola! Rosita viene los Lunes, deja el freezer con comida para una semana y la casa impecable.
Soy consciente de que esta respuesta equivale a encerrar al interlocutor en una habitación, poner en repeat mode un disco de Radiohead y darle un 38 cargado.

-No, no me casé.

Contesto delicadamente y me prepararo para ver fotos 4x4 debajo del plástico transparente de una billetera o de un espantoso llavero de acrílico, mientras le hago una seña al mozo para que me traiga otro whisky. Doble.
Se me afloja la lengua y les digo que “...ser soltera no es un problema...” que el verdadero problema es que los demás sientan vergüenza ajena ante tu estado civil, es esa mirada de pena que no pueden disimular cuando llegás sola a una boda, es saber que planean presentarte al pibe resaca, a ese que nadie eligió antes, a ese que,curiosamente, piensa lo mismo de vos sin conocerte.
El problema es la libre asociación (soltera=desesperada), es Febrero (el mes de los enamorados), la primavera (la estación del amor), cualquier promo 2x1 y, en hotelería, que lo mejor venga en ‘base doble”.
Ellas me miran horrorizadas, como si vieran a la protagonista de una película ochentosa en su departamento con vista al Hudson atestado de horribles muebles laqueados con detalles en dorado.
Ellos se ofrecen a llevarme a casa porque “con lo que tomaste no vas manejar”. Les doy la razón, pero para reafirmar que no entiendo nada de nada, me llamo un radiotaxi.
Al abrir la puerta de casa, reproduzco una línea de Batman Returns de Tim Burton cuando Gatúbela –encarnada por Michelle Pfeiffer- entrando a su departamento exclama: “Honey! Im home! ... Oh, I forgot. I’m not married”


***Este texto fue publicado en la edición de Noviembre de la revista El Planeta Urbano***


noviembre 04, 2008

DR FEELGOOD

La traumatología es una especialidad para vagos morbosos que trabajan para cumplir un horario, firmar una receta de diclofenac y obligar al resto de los mortales a llamarlos Doctor. El traumatólogo es a la medicina lo que un empleado municipal a la sociedad, lo que un decorador de interiores a la arquitectura.
Era el cuarto traumatólogo que veía en una semana. Como suelen no pegarle en el diagnóstico, apenas cierro la puerta del consultorio, llamo para pedir turno con otro, y así hasta terminar en la guardia de la prepaga llorando de dolor. Después de casi dos horas de espera, finalmente el traumatólogo salió del quirófano y al enterarse de que todavía tenía un paciente agarró una botella de vino envuelta para regalo y huyó –literalmente- dejándole al pibe de la recepción la incómoda tarea de darme la noticia. Finalmente me atendieron y la resonancia magnética arrojó el diagnóstico: esguince de tobillo. Esto se tradujo en un free-pass de 10 sesiones de kinesiología, no correr, no gimnasia, y tres kilos de más.
Gracias a que el Dr. Druetto me dejó en la sala de espera como a un Garoto de fruta de esos que no come nadie, conocí a un kinesiólogo irresistiblemente feo, y me enamoré no a primera vista, sino más bien promediando la rehabilitación.
Sin anillo, ni muñequitos enchapados en oro colgando del cuello pasó la última prueba de fuego: la de los mocasines. Los médicos suelen vestirse muy mal, sobretodo los que usan ‘ambo’ en lugar de guardapolvo con su apellido bordado en cursiva con hilo azul y una birome en el bolsillo. El truco está en chequear el calzado: los mocasines ya sea en gamuza o cuero con costuras blancas y/o flecos vienen indefectiblemente con pantalón pinzado color caqui, camisa rosa y el perchero entero de un local de Kevingston. En cambio, las zapatillas prometen al menos jean, remera y –a mi sano juicio- decencia.
El, usa zapatillas, como Doctor House y me vuelve loca.
Coquetear con un médico –o con un instructor de tennis- está en el top five de cosas patéticas que hacen las mujeres, y de solo pensarlo no puedo parar de reproducir internamente diálogos de explícito doble sentido dignos de un guión de Sofovich. El hecho de ser bastante práctica en mi vida, se traduce en no saber histeriquear. Consciente de esta ineptitud tiendo a creer que resulto obvia cuando en verdad termino siendo indiferente y antipática con el objeto de conquista (es decir, el sujeto a conquistar). En situaciones de tensión sexual soy torpe, tartamudeo al hablar, me pongo colorada y hago chistes malos. Muchos. Uno atrás del otro.
Acorde a esto, mis sesiones se desarrollaron con total anormalidad: casi me desnuco al perder el equilibrio en una camilla, estoy llena de moretones por haberme tropezado en reiteradas oportunidades con la misma silla y más de una vez tuvieron que despertarme al finalizar la sesión de magnetoterapia.
Cuando por fin me relajé, y la cosa empezó a fluir merced a diálogos menos ansiosos y más genuinos, al Licenciado se le dio por hacerme un masaje rehabilitante levantándome el jean hasta la rodilla. Ahí nomás me corrió un sudor frío por la espalda, abrí grande los ojos y casi salto en la camilla para increparlo:
-¿Qué hacés? ¿Estás loco? Tengo un esguince de to-bi-llo...y turno con la depiladora recién a las 5!
Pero me limité a cerrar los ojos y hacer fuerza para que se cumpliera mi deseo:
ser metida dentro de un patrullero con una campera en la cabeza.
Llegué a la última sesión esperando que me invitara a salir, rezando como cuando jugaba a la botellita en la primaria: “Que me toque con el kinesiólogo, que me toque con el kinesiólogo”,.
-“Ponce! – gritó su asistente con mi ficha en la mano -El Doctor Eugenio Murguiondo no viene hoy, acompañeme por favor”. (Juro que hizo el gestito de “Síganme los buenos”)
Asentí como una actriz de reparto de comedia romántica a la que le tocó el rol de amiga looser de la protagonista y fui a que me diera de alta un flogger.
Al llegar a casa, me preparé un Bloody Mary con mucho vodka y le envié un mail a Murguiondo:

¿Me hago romper el tobillo izquierdo para que me rehabilites o me vas a invitar a salir?

*El dibujito es de Paula Romani*

***Este texto fue publicado en la edición de Octubre de la revista El Planeta Urbano***




octubre 28, 2008

Estadística

De diez policías que veo por la calle, diez están mandando "mensajitos" de texto.

octubre 05, 2008

Libertad Condicional

Normalmente paso toda la semana esperando que sea Viernes, pero desde que la última soltera de mis amigas se puso de novia, anulando así su individualidad y nuestros encuentros, mis fines de semana se convirtieron en un viaducto subterráneo que nadie se anima a transitar.
En invierno paso el fin de semana como un preso VIP: me levanto de la cama únicamente para hacer capuccinos gigantes y abrirle al delivery. Miro documentales, series repetidas y una que otra película mala. No atiendo el teléfono, paso horas en google y si tengo suerte me quedo dormida gracias al microclima generado por el edredón y el calorcito de la notebook sobre mis piernas. Llevo tatuado un pijama que no es más que un jogging rotoso, una remera enorme que ligué en alguna promoción, medias de distintos pares y unas pantuflas mugrientas, enormes. Cuando me lloran los ojos de tanta tv, pongo la peor música bajonera que va desde Bonnie Tyler con Total Eclipse of the heart hasta Against all Odds de Phill Collins, y canto apasionadamente mientras me sirvo hectolitros de Coca Light y borro los mensajes que deja mi madre en el contestador.
Este sábado ante la amenaza de una fiesta salgo en libertad condicional. Me esperan la ducha, el secador de pelo, la bucleadora y un set de maquillaje. Saco del armario decenas de polleras, vestidos, remeras, pantalones y calzas: a juzgar por la cantidad de ropa desparramada en el living parece que hubieran entrado ladrones. Después de armar y probarme 9 posibles conjuntos, termino con lo mismo de siempre: strapless, chupín y stilettos. Todo NEGRO.
Agarro la carterita donde no entra nunca nada, me muerdo el labio inferior y miro de reojo el sofá-cama, la manta de polar y la cuarta temporada de House en dvd, pero, esfuerzo sobrehumano mediante, hago abandono de hogar. Me siento como cuando Rocky le ganó la pelea al ruso en el final de Rocky IV: exhausta , toda golpeada pero victoriosa.
Las luces, el ruido, los emos, la superpoblación en los bares, y la falta de lugar para estacionar me recuerdan que es Sábado a la noche y que fue una gran decisión no mudarme a Palermo. Después de 25 minutos dando vueltas dejo el auto a cuatro cuadras en custodia del trapito de turno: un viejito de no menos de 70 años que al cerrar mi puerta me dice: -“Pero qué linda colonia!”.
Una vez en la fiesta –en la que no conozco a nadie- pido un trago y doy vueltas, me paseo por el lugar con el vaso en la mano perfeccionando el walking looser. Justo cuando me decido a volver al lugar de donde nunca debí haber salido me deja sorda un grito escandaloso. Lo que me faltaba: un amigo gay ícono de la soltería over 30 que me obliga a quedarme a fuerza de tragos gratis y promesas de baile. Después de señalarle a la mitad de la concurrencia masculina y tras enterarme que la heterosexualidad está muy lejos de ellos, me resigné y acepté más tequilas de los que tengo permitidos. Tres horas más tarde mi compañero de baile y yo eramos los dos únicos freaks de circo pobre de la costa atlántica fuera de temporada que quedábamos en la pista, pero no por mucho más. El patovica del lugar interrumpiendo nuestra coreografía nos avisa que en cinco minutos cierran. Cinco minutos: tiempo más que suficiente para hacer el balance de la noche. A pesar de estar y sentirme espléndida no me miró nadie. Bailé toda la noche con el imitador argentino de Madonna –que se fue con el Disc Jockey- , me echaron del boliche y el único piropo que recibí fue del trapito que confundió el perfume importado que todavía estoy pagando en petrodólares de curso legal con una colonia que viene en envase de plástico de medio litro.
Convencida de que se trata de un castigo, de una maldición, del despecho de un pijama abandonado, juro no volver a salir y en caso de caer en la tentación: autoflagelarme. Barajo la posibilidad de comprar un libro de Osho, raparme, cambiar los chupines y el strapless por una túnica naranja y viajar a la India sin vacunas con la secreta intención de agarrar una peste mortal para pasar mis últimos días alucinando con elefantes voladores de colores brillantes lejos de la mirada compasiva del encargado del edificio que me abre la puerta a las cinco y media de la mañana.


***Este texto fue publicado en la revista "El Planeta Urbano" en la edición del Mes de SePtiembre***

septiembre 18, 2008

Mal gusto

Está demostrado que objetos de mal gusto como “el estuche portacelular” y “la riñonera” no han tenido éxito, pero cierta gente obstinada insiste (naturalmente). Me pregunto qué los llevará a atarse un mini bolso amorfo de mal diseño con cierres y costuras enormes a la cintura como si se tratara de un accesorio de moda.
Personalmente, me daña las corneas ver un celular prendido a un cinturón, al elástico de la pollera, del pantalón o como vi ayer en el gimnasio: de la calza. (Realmente me siento drácula frente a un crucifijo o un racimo de ajos.) Pero en ese ámbito todo fue peor. Porque no es sólo el teléfono celular móvil colgante: es la locación, y la actitud y conducta del protagonista. Nada más parecido a un pollo a toda hormona sobre una bandeja de telgopor envuelto en papel film desfilando por la cinta transportadora de la caja del supermercado. Todo blanco, gordo, transpirado...desagradable.
Trato de imaginar cuáles son las decisiones que no pueden esperar, que lo habilitan y obligan a interrumpir su actividad física: ¿Cenar matambre a la pizza o sorrentinos cuatro quesos? ¿Ir al Il gran Caruso o Fechoría? ¿Isla Flotante o Torta Rogel de postre?
Mientras yo tengo que esperar para correr él mira vidrieras de rotiserías virtuales al ritmo de un vals para tortugas longevas caminando pesado sobre la cinta, respirando fuerte, entrecortado, aullando, exagerando el tono de voz al hablar:

“Estoy entrenando. Ahora te llamo al “movicóN” cuando termino”.


Indignada, y con un exceso de estrógenos importante, pulsé el botón STOP de la cinta y lo encaré:

“Disculpame...un par de cosas: Primero: ¿Por qué gritás?!!!
Segundo: no estás entrenando cementerio de Danette! Estás caminando a menos de 5 kilómetros por hora!
Además: ¿Ahora te llamo? Hablá bien: ahora estás caminando, vas a llamar (después) cuando termines de hacer lo que estás haciendo (ahora); y por último: NO es MovicóN, sino Movicom que, para tu información es una empresa que desapareció hace -por lo menos- 3 años dinosaurio de mierda!
Ahora bajate de ahí y dejame correr que a diferencia de tu caso, yo sí entreno.”


En realidad no le paré la cinta ni le dije nada.
Pero lo pensé.




septiembre 11, 2008

Dos gotas de agua

Hasta el año 1993 -cuando vi 'Drácula' de Coppola- pensé que Gary Oldman era Arnold de Blanco & Negro [Diff'rent Strokes]